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Una ética para las empresas por Jos Demon

La actual crisis financiera y otras crisis que le acompañan, como la alimentaria y la ecológica, nos indican que algo en la raíz de la organización del actual sistema económico está mal. La injusticia y la ineficacia del sistema capitalista, la explotación y desigualdad que origina, ha sido la preocupación de Marx y de los socialistas que le antecedieron, y lo es para los que realmente se preocupan del actual estado de la planeta. La dinámica capitalista nos impuso un modelo depredador que sojuzgó gran parte del mundo y sus habitantes a otra mucha más pequeña; en que unos pocos acapararon la riqueza y los recursos que legítimamente pertenecen a las mayorías. La misma nefasta dinámica está acabando con la naturaleza, de tal forma que estamos cerca de llegar al kimming point, al punto de sin retorno en la destrucción de recursos naturales y de la sobrevivencia humana.

Unos de los principales problemas de las mencionadas crisis es la actual normativa de las empresas, que pretende tener sus leyes propias, al margen de lo que consideramos ética en otras dimensiones de nuestra vida humana. Es decir que pretende que la ética que implementamos en nuestras relaciones interpersonales, o mediante la jurisprudencia y las leyes estatales, no pueda ni deba aplicarse al particular terreno de la economía. Supuestamente el mercado se rige por leyes propias que se definieron y que siguen especificándose en la teoría económica, la disciplina que acumuló tanto prestigio desde que escapó del confinamiento de la gerencia doméstica (οἰκονομία) o del amo de casa, que Aristóteles, con cierto desprecio, le había asignado.

Es importante que revisemos al pensamiento económico que está al origen de las actuales prácticas comerciales y financieras, en seguimiento de economistas pensantes como Amartya Sen y filósofos prácticos como los españoles Adela Cortina y Jesús Conill, porque es allí donde podemos encontrarnos con los raíces de esta extraña división que rige al mundo, y que, aunque originario de un limitado puño de países occidentales, supo difundirse e imponerse como la norma, en el sentido de lo normal, para nuestro quehacer diario actual. Pensadores del siglo XVIII que antecedieron y acompañaron a Adam Smith, muchas veces considerado como el padre del moderno sistema de economía, estaban, todavía, imbuidos por una visión mucho más amplia de lo que pudo ser el beneficio de una mejor disciplina y eficacia de la economía, orientada por los principios del bien común y de la ética que le debían regir. Pero en la modernidad occidental, tan atada a los abusos del colonialismo y lo que definimos como capitalismo, el beneficio del lucro se independiza de otros terrenos de la realidad humana para establecerse como campo de acción autónoma, con su propios leyes de beneficio y ganancia, en que ya no debería interferir la vetusta ética del pasado.

Se necesitarán revisar otras teorías como la conocida tesis del sociólogo Max Weber de la ética protestante, pero por el momento me importa tan solo recordar que la actual configuración del sistema comercial nació de una particular constelación, y que es más urgente que nunca que la adecuemos, o si se impone como necesario, que la reemplazemos, por un sistema que incorpora y que responde a una verdadera ética. Ya no hay legitimación para esta malograda ideología de una ética particular para el mundo de los negocios, donde el uno puede matar al otro sin mayores problemas de retribución o de consciencia, divorciada de la política y de la ética humana. Tomando en cuenta a su lógica empresarial, Adela Cortina y Jesús Conill se empeñaron en esbozar lo que debe representar una ética de las empresas, una ética conectada a, y vigilada por, la ciudadanía. Son estas reflexiones que nos pueden encaminar a aclarar y definir las características idóneas de la función y de la misión propia de estas otras empresas que nos atañan como comunicadores, las mediáticas.

* Cooperante holandés, coordinador de la Red de Teología y comunicación de OCLACC (ahora SIGNIS ALC)

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