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De la libertad de opinión por Jos Demon

¿Podemos invocar el criterio de la Libertad de Opinión o Expresión para defender las prácticas comunicacionales de los grandes medios?

Ofrezco una primera reflexión, en considerar que la grande empresa lo invoca como un derecho individual cuando este principio, si revisamos sus orígenes en la Ilustración y la revolución francesa, tiene una evidente orientación emancipador, por estar fundamentado en un derecho colectivo. No se trata de que algunos pocos, que han podido adueñarse del poder o de los medios, tengan derecho a la expresión. Se necesita, más bien, establecer un sistema de medios en que nos acercamos al ideal de una sociedad en que todos pueden expresar su opinión. Esto implica, por comenzar, que se debe capacitar a la ciudadanía a que logre expresar su opinión.

El primer elemento, entonces, que implica el criterio de la libertad de expresión es que se informa y se capacita a la ciudadanía para poder participar en los debates sociales. ¿Los grandes medios se esfuerzan para capacitar a la ciudadanía en sus actuales programaciones? Más parece que estas programaciones obedecen al antiguo principio del circo romano de darle al pueblo un poquito de pan y juegos para que se entretengan y para que no interfieran más en las principales decisiones de la vida económica, social y cultural.

Los grandes medios suelen replicar que tan solo ellos están en sintonía y que tan solo ellos expresan la opinión de la mayoría de la población, en poder presentar lo más atractivo en sus programaciones, hecho que se comprueba con el conteo o rating de la cantidad de televidentes que atraen. Pero este argumento es de igual equivocado si revisamos la intencionalidad emancipador del criterio de la libertad de expresión. Este no tiene que ver con repetir y adecuarse a lo que piensa y lo que quiere la mayoría, sino justamente al revés, con descubrir y valorar lo que piensan las minorías, o a los que no se toman en cuenta en la opinión predominante. El principio está destinada a que se garantice que la información y la comunicación sea diversa, que se incluyen otras perspectivas, es decir, a que se cuestione lo que es el pensamiento dominante, o a este otro pensamiento -también dominante aunque en otra forma- que podemos definir como lo común y corriente.

Esto es un segundo aspecto que necesitamos resaltar como valor inherente de este criterio. El principio de la libertad de opinión o expresión habrá que evaluar en relación con el derecho de todos de expresar su opinión, poniendo particular énfasis en los grupos y las opiniones que no se les toma en cuenta. ¿Y son tomados en cuenta en los grandes medios? La respuesta es que no lo hacen y tan solo suelen conformarse “con lo que quiere escuchar la mayoría”, lo que hace pesado y atrasado a los medios y explica su falta de creatividad e innovación.

Es esencial que haya muchos televidentes u oyentes porque tan solo así se convence a las empresas de colocar sus propagandas en este canal de audio o de televisión. Pero la necesidad de conseguir ganancias -que no se debe subestimar porque es un elemento esencial a que exista empresa- no se le debe confundir con la misión o la finalidad principal de una empresa. Como lo aclaró Adela Cortina, la principal misión de la empresa, de cualquier empresa, se refleja en su servicio a la ciudadanía en producir algo útil y de calidad para la sociedad. Si deben ser productos nutritivos de alta calidad en el caso de una panadería, necesitaremos exigir productos informacionales e intelectuales de alta calidad en el caso de la empresa mediática.

* Cooperante holandés, coordinador de la Red de Teología y comunicación de OCLACC (ahora SIGNIS ALC)

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